La tecnología financiera ya no es un privilegio de las grandes empresas, es la fuerza que puede transformar la economía desde abajo. En el Perú, las pymes representan más del 99% de las empresas formales, generan el 40% de la riqueza nacional y emplean a más de 7 de cada 10 trabajadores del sector privado. Son, en buena cuenta, el motor silencioso de nuestra economía. Sin embargo, muchas de ellas aún operan con procesos manuales, sin acceso a crédito formal y desconectadas de las oportunidades que ofrece el mundo digital. La pregunta ya no es si deben digitalizarse, sino cómo acelerar ese proceso.
La primera señal de alarma está en los clientes que se pierden en silencio. Un estudio de Mastercard aplicado a más de 2,100 pymes en 14 países de la región, incluyendo Perú, revela que el 56% de los negocios que aún no aceptan pagos digitales pierden clientes cada semana por esa razón. Y en un contexto donde el 55% de la población peruana, equivalente a 18,7 millones de personas, ya realiza compras por internet, cada semana sin digitalización es una semana cediendo terreno.
Pero la brecha entre querer y poder es todavía grande. Más del 70% de las pymes en América Latina se encuentra en un nivel básico de uso de datos y analítica, sin capacidad real para aprovechar la tecnología como herramienta estratégica, según el BID. Las barreras son conocidas: falta de información, costos percibidos como altos, desconfianza en el sistema financiero formal, entre otros.
La industria fintech tiene aquí una responsabilidad que va más allá de la oferta de productos. Los mejores ejemplos de la región muestran que la inclusión financiera digital avanza cuando se combinan tres factores: costos de entrada bajos, acompañamiento real al emprendedor y alianzas con actores que compartan la misión. Brasil lo demostró con Pix, un sistema de pagos instantáneos que hoy representa más del 40% de todas las transacciones del país y ha reducido el uso del efectivo de manera sostenida. No fue solo tecnología: fue infraestructura, regulación y adopción masiva trabajando al mismo tiempo. En Perú se ha avanzado mucho, por ejemplo, con el uso de billeteras digitales, pero aún hay un gran camino por recorrer.
Las cifras de quienes ya dieron el paso son contundentes. El mismo estudio de Mastercard revela que el 85% de las pymes que ya adoptaron pagos digitales reporta incremento en ventas, mejora operativa y mayor seguridad. Y el 78% accede a crédito formal con mayor facilidad, porque la digitalización genera el historial de transacciones que los bancos y fintechs necesitan para prestar. Dicho de otro modo: digitalizarse no es solo vender más hoy, es construir el expediente financiero que habilita el crecimiento de mañana.
Por lo expuesto, la recomendación es clara y urgente: las pymes peruanas deben dejar de ver la digitalización como una inversión opcional y empezar a tratarla como lo que es, una condición de supervivencia competitiva. El camino más directo empieza por los pagos: es el punto de entrada con menor fricción, mayor impacto en ventas y mayor capacidad de generar datos útiles para el negocio. A partir de ahí, la formalización digital se vuelve orgánica. El reto no es menor: la brecha de conocimiento es real, los recursos son limitados y la desconfianza en el sistema financiero persiste en amplios sectores. Pero la tendencia es irreversible. Las pymes que aprovechen esta ventana con apoyo del ecosistema privado, regulación favorable y educación financiera sostenida estarán mejor posicionadas para competir no solo en el mercado local, sino en una economía cada vez más interconectada. Las que posterguen este proceso enfrentarán mayores dificultades para competir en una economía cada vez más digital e interconectada.



























