Por la Dra. Alexia de la Morena, Directora del Máster en Dirección de Marketing y Gestión Comercial en EAE Business School
Nunca en la historia del marketing se había producido tanto contenido en tan poco tiempo, y es que la inteligencia artificial generativa democratizó la creación de mensajes, imágenes y campañas, reduciendo a horas lo que antes tomaba semanas. Sin embargo, el consumidor nunca había estado tan indiferente. La abundancia de contenido no generó más conexión, generó más ruido, y en ese ruido, las marcas que comunican sin personalizar no solo pierden relevancia, desaparecen del radar de quien deberían estar alcanzando.
En una encuesta de BCG con 23,000 consumidores de todo el mundo, cerca de cuatro quintos afirmaron sentirse cómodos con experiencias personalizadas y la gran mayoría declaró esperarlas de las empresas. No se trata de una preferencia estética, se trata de una expectativa construida por años de experiencias digitales que han entrenado al consumidor para esperar que cada marca lo reconozca como individuo, no como segmento. Cuando esa expectativa no se cumple, la respuesta no es la queja: es el abandono. La misma investigación de BCG revela que dos tercios de los consumidores han tenido recientemente al menos una experiencia personalizada con una marca que resultó inexacta o invasiva, lo que los llevó a cancelar la suscripción, desconectarse o simplemente no volver. La personalización mal ejecutada no es inocua: tiene un costo directo en la relación con el cliente.
Lo que ha agravado este escenario en los últimos meses es la masificación del contenido generado por IA sin criterio estratégico. El fenómeno ya tiene nombre en la conversación digital, «slop», término que define el contenido descuidado, genérico y sin identidad que inunda los feeds. Las menciones a este concepto se dispararon más de un 200% durante 2025, y el 82% de ellas son negativas. El consumidor no solo detecta ese tipo de contenido, lo penaliza. Casi uno de cada cinco consumidores afirma ver cada semana material de IA genérico o de baja calidad procedente de marcas, y el 32% de ellos señala que eso reduce directamente su confianza en la empresa. Producir más nunca fue sinónimo de comunicar mejor, pero hoy esa confusión tiene un costo reputacional medible.
Frente a este deterioro de la atención y la confianza, la personalización ha dejado de ser una ventaja competitiva para convertirse en el umbral mínimo de participación en el mercado. El impacto económico es concreto, las ofertas personalizadas generan de forma consistente tres veces más ROI que las promociones masivas, y las recomendaciones adaptadas al individuo pueden aumentar las tasas de conversión y venta cruzada entre un 30% y un 40%. No es casualidad: cuando una marca demuestra que entiende a quién le habla, el consumidor responde con algo que ninguna campaña masiva puede fabricar de forma artificial reciprocidad. La personalización no es solo una palanca de crecimiento. Es la condición que determina si una marca merece un lugar en la decisión de compra del consumidor actual.
Aquí es donde muchos equipos de marketing cometen el error conceptual más costoso: confundir personalización con tecnología. Invertir en herramientas de automatización, análisis de datos o plataformas de CRM no produce por sí sólo contenido relevante. La personalización efectiva es antes que nada una filosofía de escucha: implica comprender que el consumidor no quiere sentir que es el destinatario de un algoritmo, sino que es el objeto de una atención genuina. El informe Consumer Trends Report 2026 de WARC revela que el 85% de los consumidores afirma que saber que algo ha sido creado por un ser humano lo hace más valioso, y que el 78% considera muy importante que el contenido generado con IA esté claramente identificado como tal. Lo que el consumidor valora no es la perfección técnica del mensaje, sino la señal de que alguien, detrás de la marca, pensó en él antes de emitirlo.
La industria ya ha comenzado a responder a esta realidad con inversión. Los marketers asignan hoy alrededor del 40% de sus presupuestos a iniciativas de personalización, casi el doble del 22% que destinaban apenas dos años atrás. Pero la inversión, sin transformación estratégica, solo produce personalización superficial, usar el nombre del usuario en un email, o segmentar por edad y ciudad, no es lo mismo que construir un mensaje que responde a un momento, a una intención o a un estado emocional. La brecha entre las marcas que personalizan de verdad y las que simulan hacerlo es cada vez más visible para el consumidor, y cada vez más determinante en sus decisiones.
El consumidor de 2026 no pide que las marcas le hablen más. Pide que le hablen a él, con precisión, con pertinencia y con la claridad de quien ha hecho el esfuerzo de comprender su contexto antes de comunicarse. Las marcas que no internalicen ese principio no enfrentarán una crisis de comunicación. Enfrentarán algo más difícil de revertir, la indiferencia, y en un entorno donde la atención es el recurso más escaso y el cambio de marca nunca fue tan sencillo, la indiferencia no es un problema táctico.





























