Una joven llamada Chloe se graba mientras recorre el Titanic antes de su hundimiento, camina por la ciudad de Pompeya horas antes de la erupción, aparece en Londres durante la peste negra o visita otros momentos de la historia como si hubiera estado ahí. Habla a la cámara, comenta lo que sucede y registra cada experiencia como lo haría cualquier creadora de contenido en redes sociales hoy. Lo interesante es que Chloe no es una influencer ni persona real.
Chloe VS History es un canal creado con inteligencia artificial, protagonizado por un personaje ficticio que “viaja” a distintos momentos de la historia. Los episodios recrean esos acontecimientos desde su punto de vista y los presentan como si fueran un vlog. La tecnología es lo primero que llama la atención, aunque no explica por sí sola el interés que genera. Hoy, producir imágenes y videos con IA es cada vez más accesible.
Un estudio de WARC -plataforma internacional especializada en investigación y efectividad publicitaria- y TikTok encontró que el 90% de los líderes de marketing encuestados ya utiliza estas herramientas en sus procesos creativos y el 88% afirma que ha aumentado su volumen de producción. Sin embargo, solo el 45% percibe mejoras significativas en la calidad.
Si cada vez más marcas pueden producir más piezas en menos tiempo, la pregunta cambia: ¿qué hace que una persona quiera detenerse a mirar una y, sobre todo, volver por la siguiente? En Chloe VS History existe una fórmula reconocible: la protagonista permanece, mientras cambian la época, el lugar y el acontecimiento. Cada entrega cuenta algo distinto sin tener que empezar desde cero.
Pero el caso también permite observar los límites de este tipo de contenidos. Algunas de sus recreaciones han sido cuestionadas por incluir anacronismos y elementos que no corresponden al periodo histórico representado. Su propio creador ha reconocido que la inteligencia artificial puede introducir este tipo de errores durante el proceso de generación. El punto es relevante porque una imagen convincente no necesariamente es una imagen precisa. Cuanto mayor es el realismo de estas herramientas, más fácil puede resultar asumir como correcto aquello que estamos viendo; y cuando el contenido se construye a partir de hechos reales, generar una escena convincente implica también una responsabilidad adicional: verificarla.
Además, la fórmula empieza a dejar de ser excepcional. Otros perfiles, como Georgina in Time, recurren también a personajes creados con IA que se desplazan por distintos momentos del pasado. Cuando una ejecución puede replicarse con relativa facilidad, la tecnología empieza a perder peso como elemento diferenciador. Lo que importa entonces es qué historia se construye, cómo se desarrolla el personaje y qué criterio existe detrás de cada pieza.
Esta discusión cobra relevancia cuando conseguir la atención de una audiencia es cada vez más difícil. El Next Report 2026 de TikTok habla de un consumo más selectivo e intencional y plantea el concepto de “ROI emocional”: las personas buscan una razón clara para dedicar tiempo, atención o dinero a aquello que consumen. Para una empresa, publicar con mayor frecuencia no basta si detrás no hay algo útil, entretenido o suficientemente interesante para volver.
En Perú ya hemos visto una lógica parecida. La marca Fruna utilizó IA para hacer que su personaje Fruno recorriera la Costa, Sierra y Selva. En vez de concentrar la idea en una sola publicación, la desarrolló durante varios días. La tecnología permitió construir las escenas, pero la continuidad del personaje y del viaje hizo posible extender la propuesta.
Esto no significa que todas las marcas necesitan crear un avatar o convertir sus publicaciones en una serie. La pregunta es más sencilla: ¿la tecnología está ayudando a desarrollar una idea o se ha convertido en la idea misma?
A medida que estas herramientas sean más fáciles de usar, sorprender solo por haberlas utilizado será cada vez más difícil. También será más sencillo reproducir formatos que antes parecían novedosos. La diferencia estará en qué se decide contar, cómo se sostiene el interés y qué criterio existe detrás de la ejecución. La tecnología puede facilitar la producción, pero no reemplaza una buena idea ni la responsabilidad sobre aquello que se publica.



























