En un momento en que parece que podemos preguntarle todo a la inteligencia artificial, ocurre algo paradójico: las preguntas que de verdad importan siguen sin tener respuesta en ningún algoritmo. ¿Qué quiero para mi vida? ¿Cómo puedo aportar? ¿Qué mundo quiero ayudar a construir? Ninguna tecnología, por potente que sea, puede contestarlas por nosotros. Y quizás esa sea una buena noticia.
Hay un miedo que hoy angustia a miles de jóvenes más que cualquier otro: ¿y si elijo una carrera que la IA va a hacer desaparecer? Es legítimo, porque la tecnología cambia a una velocidad que ya no medimos en años, sino en meses, incluso semanas. Y no es solo una percepción: según un informe del Foro Económico Mundial y PwC (2026), casi 3 de cada 10 personas que recién empiezan a trabajar creen que, en apenas tres años, habrán perdido vigencia la mitad o más de las habilidades que hoy tiene. Pero tal vez esa pregunta está mal formulada, y lo mejor que podemos hacer hoy es reformularla.
Empecemos por reconocer lo evidente. La IA es, hoy, la fuerza que más está transformando el trabajo. En su informe Future of Jobs 2025, el Foro Económico Mundial la ubica como la tecnología que más reconfigurará los negocios de aquí a 2030 y la menciona el 86% de los encuestados. Pero ese mismo estudio revela algo que casi nadie mira: cuando se les pregunta qué habilidades consideran esenciales hoy, los empleadores encabezan la lista con capacidades humanas como el pensamiento analítico, la resiliencia, el liderazgo y la creatividad. “IA y manejo de datos” es, de hecho, la habilidad cuya demanda crece más rápido; pero todavía aparece por debajo de esas capacidades humanas en la lista de lo esencial.
¿Cómo se explica la contradicción? La IA se está convirtiendo en el piso, no en el techo; puede elevar el punto de partida de todos, pero no eleva a todos por igual. Sube más quien aprendió a tiempo a manejarla. Y manejarla ya no es poca cosa. La IA no solo responde, crea, razona, itera a una escala que asombra. Pero toda esa potencia rinde a la altura de quien la dirige, y hay algo que ninguna herramienta trae consigo, el propósito y la sensibilidad para leer el contexto humano. Eso no se delega; nace de uno. La herramienta llega cada vez más lejos; hacia dónde ir sigue siendo una decisión nuestra.
Ese es el verdadero reto de una universidad que quiere seguir siendo relevante: no competir con la IA, sino formar lo que ninguna herramienta reemplaza. Y eso no significa darle la espalda al avance tecnológico, todo lo contrario. Bien usada, la tecnología extiende lo humano en lugar de sustituirlo. La cirugía robótica no reemplaza al cirujano, amplía su precisión y le permite llegar donde su mano sola no llegaba; la realidad mixta no está para deslumbrar, sino para que un estudiante practique en un entorno simulado antes de tocar a un paciente real. El instrumento amplifica al profesional que lo dirige; nunca al revés.
No es una idea nueva. Uno de nuestros cofundadores, el Dr. Fernando Cabieses —médico y humanista peruano—, sostenía una convicción que hoy suena casi profética: “formamos profesionales que piensan con el cerebro y que responden con el corazón”, describiendo con precisión lo que el mercado laboral redescubre ahora.
Del lado de los jóvenes, la señal es coherente. La Encuesta Global 2025 a la Generación Z y Millennials de Deloitte describe lo que buscan en el trabajo como una tríada compuesta por dinero, sentido y bienestar. No es que el propósito reemplace al salario, sino que se suma a él como condición igual de importante. Y ahí está el desafío: darles la materialidad de sus sueños sin pedirles que renuncien a aquello que da significado a lo que hacen. Una institución que consigue buenos indicadores de empleabilidad y, a la vez, forma personas conscientes de su impacto no está eligiendo entre lo uno y lo otro, está respondiendo a la persona completa.
Esa manera de entender la formación —donde el logro profesional y el sentido personal no compiten, sino que se complementan— responde, en el fondo, a una convicción profundamente humanista: esa capacidad tan humana de decidir qué quieres para tu vida y de trazar tu propio camino, incluso cuando eso signifique cuestionar lo aprendido. La tecnología dará herramientas cada vez más potentes; pero la decisión de para qué usarlas, de qué construir con ellas, sigue siendo de cada uno.
Al final, la pregunta correcta nunca fue qué carreras van a desaparecer. Es qué vas a hacer tú con todo lo que la IA te libere de hacer. Porque cuando las tareas repetitivas dejen de consumir tu tiempo, quedará lo más valioso: decidir qué mundo quieres construir con lo que sabes. Y eso —elegir, imaginar, reformular— seguirá siendo, por mucho tiempo, profundamente humano.



























