Vengo de despedirme de Manolo y a sentarme en mi oficina frente a esta hoja en blanco.
Temo caer en un lugar común si empiezo a contar anécdotas, además, ya se ha escrito tanto en estos días, ya sus colegas y amigos lo han descrito con tanta perfección, detalle y cariño que lo mío sería solo un “loop” innecesario.
De todas formas, estoy detenida hace horas en este querer escribir sobre un hombre fundamental, imprescindible, presente.
Me pasa que sé que decir, sé cómo decirlo, pero no quiero.
Entonces aparece su figura en mi cabeza diciéndome: “Lorena Oxenford, hazlo”.
Diré entonces y ,en presente, que tú eres un libro, un whisky, una pipa, unos lentes con mucho aumento, un búho en un escritorio, una cascada en el jardín, una pastilla sublingual, un pisapapeles, dos dedos índices sobre un teclado de máquina de escribir, un lapicero dibujando espirales, una piedra en el riñón, un auto descapotable, un plato sin verduras, una pila de discos, un par de zapatos bien lustrados, un anillo de sello, una risa con dientes de leche, unas llaves perdidas, una canción de Alphaville. Diré que lo cotidiano y lo imperfecto me vienen a la cabeza cuando pienso en lo que eres, en ese encanto que tienes de ser un tipo simple pero sofisticado, un intenso melómano, un corazón imprevisible, un botarate, un conversador profundo pero sin enredos, un consejero preciso, un palmeador de espaldas y un guiñador de ojos, un padre que no fuiste pero que eres y serás, eternamente.



























