Por: Eduardo Venegas, gerente corporativo de Comunicación y Sostenibilidad de Industrias San Miguel – ISM
Durante mucho tiempo, la sostenibilidad fue vista como un componente del negocio; algo deseable, útil para cumplir expectativas sociales o regulatorias, pero pocas veces integrada al núcleo de la estrategia empresarial. Hoy, esa mirada no solo resulta insuficiente, sino riesgosa. En un entorno marcado por la crisis climática, la volatilidad económica y consumidores cada vez más informados, la sostenibilidad se ha convertido en uno de los principales motores de competitividad para las empresas que piensan en el largo plazo.
Los datos lo respaldan. Según el 28th Annual Global CEO Survey de PwC, uno de cada tres CEO afirma que las inversiones climáticamente responsables realizadas en los últimos cinco años ya han generado mayores ingresos. Además, dos tercios señalan que estas inversiones han reducido costos o, en el mejor de los casos, no han implicado un impacto negativo. Más aún, cuatro de cada diez líderes empresariales consideran que sus compañías no serán viables en diez años si continúan operando bajo el modelo actual. El mensaje es claro: no transformar la forma de hacer empresa se ha convertido en uno de los mayores riesgos estratégicos.
La sostenibilidad que realmente genera ventaja competitiva no es declarativa ni cosmética. Se construye cuando la circularidad, la ecoeficiencia, la innovación social y la gestión de riesgos ambientales forman parte del diseño del negocio. Optimizar el uso de recursos, repensar procesos productivos, anticipar impactos climáticos o fortalecer la cadena de valor ya no responde solo a una convicción ética; es una manera concreta de proteger márgenes, asegurar continuidad operativa y ganar resiliencia frente a escenarios cada vez más inciertos.
En este contexto, las marcas cumplen un rol determinante. En mercados saturados, donde los atributos funcionales se igualan rápidamente, la sostenibilidad bien ejecutada se convierte en una capa de valor difícil de replicar. No porque se comunique más, sino porque se vive de forma coherente en cada punto de contacto, en cómo se produce, cómo se distribuye y cómo se construyen relaciones con comunidades, proveedores y consumidores. Las marcas que logran traducir esa coherencia en experiencia generan confianza, y esta sigue siendo uno de los activos más escasos, y más valiosos, en el proceso de construcción de la reputación.
Invertir en sostenibilidad también redefine la relación con el talento. Las nuevas generaciones no solo eligen productos; eligen empresas con propósito. Organizaciones que gestionan responsablemente sus impactos ambientales y sociales atraen equipos más comprometidos, innovadores y alineados con una visión de futuro. Esto se traduce en mayor productividad, capacidad de adaptación y culturas organizacionales que sostienen el crecimiento más allá de los ciclos económicos.
De cara al futuro, la sostenibilidad dejará de ser un diferencial para convertirse en un estándar mínimo. La verdadera diferencia estará en quiénes la usan solo para cumplir y quiénes la entienden como una plataforma de innovación, diferenciación y creación de valor. Estas últimas no solo estarán cuidando su entorno; estarán construyendo marcas más relevantes, modelos de negocio más sólidos y propuestas que resisten el paso del tiempo.
El futuro no se improvisa. Se diseña hoy, con decisiones que integran rentabilidad, propósito y visión de largo plazo. En ese punto de encuentro, la sostenibilidad deja de ser un costo para convertirse en una de las estrategias competitivas más inteligentes que una empresa puede adoptar.

























