Año electoral en el Perú, a tan solo poco más de dos meses para elegir al nuevo presidente y un congreso más grande… en cantidad. Como era de esperarse, los discursos “arreglo todo” van apareciendo en los medios tradicionales y en los que se están volviendo tradicionales (TikTok, podcasts, entre otros). En algunos canales de televisión y esquinas del ciberespacio los planes moralistas, mesiánicos y hasta chamánicos han comenzado a taladrarnos no solo los oídos, sino también las neuronas. Personalmente, una de las propuestas que más me ha aturdido los últimos días es la repetición intensa del cliché “el Perú debe dejar de exportar materias primas”. Desde antaño, una y otra vez, de paje a rey, se escucha lo mismo. Que somos un país con recursos, pero sin valor agregado; que para competir tenemos que transformar los commodities en productos competitivos, etc.
Sin embargo, este discurso sigue vacío. Creo que todos en el país estamos de acuerdo en que debemos darle valor a nuestros recursos minerales y agrícolas —los que más nos reditúan. Creo que nadie en la nación se opone a hacer realidad el sueño de la competencia internacional. No obstante, aquellos que lo proponen, y con más fuerza en las campañas electorales, ¿han profundizado un poco en tan loable meta? Hasta el momento, al menos yo, no he visto el detalle. Transformar materias primas no pasa solo por comprar máquinas para hacer joyería de oro y plata, caramelos de cocona o cables de cobre. La industria, además de equipamiento, requiere experticia comercial. El marketing industrial es una rama imprescindible cuando se quiere competir con productos con valor agregado a nivel mundial.
Corea del Sur con Samsung no es competitiva solo por tener los mejores maquinarias. El país está donde está por su estratégico trabajo en la mercadotecnia B2B, algo que, en el Perú, aún está por desarrollarse. Durante años, el marketing peruano se ha centrado en publicidad, promociones y, recientemente, en lo digital. Poco se ha trabajado en el sector industrial, y no por desinterés, sino por la falta de espacios. ¿Habrá entonces llegado el momento para formar más y mejores marketeros industriales? ¿Es hora de mirar a la manufactura como un océano azul? Probablemente, sí. Al margen del discurso vacío de las candidaturas, en algún momento competiremos con bienes diferenciados, como bien ya lo hace la industria del tejido de camélidos. Así entonces, además de equipos y comercio exterior, necesitamos incrementar las experticias en marketing industrial. Allá afuera, nos esperan monstruos al respecto.




































