Por: Eduardo Venegas, gerente corporativo de Comunicación y Sostenibilidad de Industrias San Miguel – ISM
La reputación no se construye de la noche a la mañana ni se sostiene únicamente con campañas brillantes o apariciones mediáticas. Su verdadera fortaleza proviene de algo mucho más silencioso, de la coherencia en el hacer, del compromiso cotidiano con la mejora y del cuidado invisible que garantiza que las cosas salgan bien una y otra vez. En ese terreno donde la visibilidad es mínima pero la exigencia es máxima se juega el prestigio real de una organización.
Hacer las cosas bien no siempre da titulares, pero sí genera confianza. Las empresas que comprenden esto saben que la mejora continua no es un ejercicio de perfección, sino de integridad. Revisar procesos, aprender de los errores, anticiparse a los riesgos y elevar estándares de manera constante se vuelve una expresión tangible de responsabilidad. En un entorno donde los consumidores, los inversionistas y los colaboradores exigen transparencia y calidad, la disciplina operativa se convierte en el cimiento más sólido de la reputación.
Un estudio reciente de EY sobre la cultura de integridad en el Perú revela que siete de cada diez profesionales perciben avances en este aspecto. Esta mejora responde a tres factores decisivos. El primero, la demanda de los clientes por trabajar con empresas que compartan sus principios éticos. El segundo, la evolución del marco regulatorio que impulsa mejores prácticas. Y el tercero, el rol de las gerencias que reconocen que la integridad es una ventaja competitiva más que una obligación.
Cuando la mejora continua se asume como cultura, transforma tanto la operación como el propósito. No se trata solo de aplicar metodologías o certificaciones, sino de entender que detrás de cada proceso optimizado hay personas que piensan, prevén y corrigen. Esa es la verdadera sostenibilidad, la que se expresa en decisiones diarias que priorizan la seguridad, la eficiencia y la calidad, incluso cuando nadie está mirando.
En un mundo donde la reputación puede cambiar en segundos, la cultura de mejora ofrece una brújula moral y técnica. No es una reacción frente a la crisis, sino la mejor forma de evitarla. Una organización que se exige en lo operativo está, en realidad, construyendo confianza para los momentos de incertidumbre.
La reputación no se declama, se demuestra. Cada acción coherente, cada proceso impecable y cada mejora silenciosa se acumula hasta formar ese capital invisible que distingue a las empresas que trascienden. Hacer las cosas bien, una y otra vez, sigue siendo la estrategia más sólida para perdurar en el tiempo.



























