Por: Yuddy Gallegos – Jefa de carreras creativas de CERTUS.
Durante mucho tiempo, el trabajo del community manager estuvo asociado a una idea simple: publicar, responder y “mantener vivas” las redes. Que el feed no se vea vacío. Que la marca “esté”. No se le exigía lectura estratégica ni toma de decisiones complejas; era, en muchos casos, una función operativa, casi mecánica.
Hoy, esa lógica no solo es insuficiente: es peligrosa.
El peso que han adquirido las redes sociales en el Perú ha modificado la forma en que las personas se informan, toman decisiones de consumo y construyen referentes de autoridad. Esto resulta especialmente relevante si se considera que el 80 % de los peruanos utiliza al menos una red social, según datos de Statista. Ese número no describe un hábito digital: describe un territorio de poder. Las redes ya no amplifican la realidad; la organizan, la interpretan y, muchas veces, la distorsionan. Las plataformas digitales ya no acompañan la vida pública: la estructuran.
Hoy en día, las redes no solo amplifican mensajes: influyen en la forma en que se construyen percepciones. Más allá del alcance o interacción, se integran a un relato más amplio sobre quién es, qué representa, desde dónde habla, qué valores pone en juego y cómo se relaciona con su entorno. Por ello, el trabajo del community manager ya no puede reducirse a la producción de contenidos. Su función central es administrar sentido a partir de la lectura del contexto. Interpretar el clima social, entender las tensiones que atraviesan la conversación digital y evaluar cómo cada mensaje se inserta en ese entramado. Porque en redes, todo mensaje es una toma de posición, incluso cuando pretende ser neutro.
La inteligencia artificial, lejos de simplificar el rol, está añadiendo una capa más de responsabilidad. Si bien permitirá optimizar procesos y ampliar la capacidad operativa, también aumentará el volumen de contenido disponible y la presión por publicar. En ese contexto, el community manager deberá asumir un rol curatorial: seleccionar, priorizar y descartar. Decidir qué no comunicar será tan relevante como definir qué comunicar.
A ello se suma la necesidad de una comprensión cada vez más precisa de las comunidades digitales. Ya no es posible abordarlas como audiencias homogéneas. Son espacios con dinámicas propias, códigos culturales específicos y distintos niveles de sensibilidad. Leer esas diferencias resulta clave para evitar errores, construir confianza y sostener relaciones en el tiempo.
Hacia 2026, el community manager se consolida como un puente entre la estrategia empresarial y la conversación pública. No ejecuta instrucciones aisladas ni responde únicamente al calendario de contenidos; participa en la definición de prioridades comunicacionales. Su valor radica en la capacidad de tomar decisiones informadas en escenarios de alta exposición, donde comunicar es, en sí mismo, una forma de posicionarse.
En un país donde las redes sociales influyen de manera directa en la opinión pública y en las decisiones de consumo, este rol deja definitivamente de ser operativo. Se convierte en uno de los más sensibles dentro de las organizaciones. Porque, en un entorno donde todo circula y todo queda registrado, decidir cómo y cuándo hablar es una responsabilidad estratégica de primera línea.




































