Por: Chanel Serpa, Country Manager de Bigbox Perú
Durante años, la categoría fitness compitió principalmente en torno a infraestructura, precio y conveniencia. Hoy, esa lógica quedó corta porque el consumidor cambió y, con él, la forma de entender el entrenamiento: ya no se compra solo ejercicio, se elige una experiencia.
El gimnasio tradicional sigue cumpliendo un rol relevante, pero dejó de ser suficiente para sostener la motivación en el tiempo. En un contexto donde el consumidor administra su energía, su agenda y su bienestar como activos escasos, entrenar compite con otros planes. Y para ganar ese espacio, el fitness tuvo que evolucionar hacia una propuesta más emocional, social y memorable.
Ahí aparecen los estudios boutique como respuesta estratégica al nuevo comportamiento de consumo. Espacios más pequeños, con estética cuidada, clases guiadas y un diseño integral de la sesión. No es casualidad que este formato haya escalado con tanta fuerza: según la firma de inversión Piper Jaffray, las cadenas boutique han crecido a un ritmo cercano al 450% anual desde 2010. Supieron leer algo clave: el valor ya no está solo en el servicio, sino en cómo se vive.
Disciplinas como boxing musicalizado, indoor cycling, barre, pilates, yoga o bouncing no se consumen únicamente por el ejercicio que proponen, sino por el resultado que prometen. Energía, desconexión, foco, fuerza, bienestar emocional. Cada una responde a un “para qué” distinto y se elige como se elige un plan. En términos de marketing, esto marca un quiebre claro: el fitness dejó de vender clases para vender resultados integrales.
Este cambio está directamente vinculado con la economía de la experiencia. El consumidor actual no busca solo moverse; busca que ese tiempo tenga retorno en más de una dimensión. Por eso el formato grupal cobra tanto valor: reduce la fricción de ir solo, genera compromiso y convierte el entrenamiento en un momento compartido. A esto se suma un diseño de experiencia cada vez más sofisticado: guión de la clase, música, iluminación, narrativa del instructor y construcción de comunidad. Todo responde a una lógica clara de engagement.
Cuando esa experiencia está bien diseñada, ocurre algo fundamental para cualquier marca: se recomienda. No por obligación, sino porque genera historia. Comunidad, estado emocional positivo y una vivencia que el usuario quiere repetir y compartir. El fitness, así entendido, deja de ser una transacción para convertirse en vínculo.
Esta tendencia también empieza a permear el mundo corporativo. En un contexto donde el team building y los beneficios tradicionales corren el riesgo de volverse genéricos, las experiencias de movimiento bien curadas aportan un valor diferencial. Cambian el contexto, activan la energía del equipo y generan conexión real. No se trata de “cumplir” una actividad, sino de integrar bienestar de una forma auténtica y alineada a lo que hoy valoran las personas.
Desde una mirada de marketing, lo que estamos viendo es una evolución natural de la categoría. El fitness se integró con la experiencia y el resultado no es simplemente una propuesta más entretenida, sino una ventaja competitiva clara. Marcas que entienden esta convergencia logran diferenciarse, fidelizar y sostener el hábito en el tiempo.
La pregunta que queda abierta es estratégica: ¿qué nuevas disciplinas, formatos o marcas sabrán leer esta lógica, convertirla en hábito y construir experiencias realmente memorables? Porque en este nuevo escenario, el fitness ya no compite solo por precio o cercanía, sino por relevancia emocional.


























