Cuando miramos las cifras del turismo global y regional al cierre de 2025, la primera sensación es de alivio. Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), el turismo internacional alcanzó en 2024 alrededor de 1.4 mil millones de llegadas, superando los niveles de 2019, y en 2025 el crecimiento se ha estabilizado en tasas moderadas cercanas al 5%. El mensaje es claro: el mundo volvió a viajar. Lo que no está tan claro es si los destinos han aprendido a gestionar mejor ese regreso.
Perú: una recuperación que avanza, pero no se consolida
En el caso peruano, la fotografía es menos contundente. Según el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo (MINCETUR), en 2025 el país recibió más de 4.15 millones de turistas internacionales, lo que representa un crecimiento del 4.1% respecto a 2024, aún por debajo de los aproximadamente 4.4 millones registrados en 2019. Este avance se explica por un desempeño positivo en los primeros meses del año: entre enero y abril de 2025, el Perú recibió más de un millón de visitantes internacionales, con un crecimiento del 6.7% frente al mismo periodo de 2024, alcanzando cerca del 74% de recuperación respecto a 2019. La recuperación, por tanto, es incompleta.
Este desfase no es solo estadístico, revela que el turismo peruano sigue enfrentando retos estructurales que van más allá de la promoción y las campañas. Recuperar flujo no depende únicamente del deseo de viajar, sino de la confianza que el destino es capaz de generar.
Más allá de los turistas: gasto, estadía e impacto
Donde hay una lectura más alentadora es en el perfil del turista y su impacto económico. Según Promperú, el gasto promedio por visitante en 2025 creció por encima de los niveles de 2019, con un perfil orientado a experiencias de mayor valor (gastronomía premium, actividades culturales y naturaleza). Esta señal confirma que el turismo puede crecer en calidad y no solo en volumen. Sin embargo, esta mejora no se distribuye de manera homogénea. El mayor gasto se concentra en pocos destinos y segmentos, mientras gran parte de la cadena turística sigue operando con márgenes ajustados y alta informalidad.
Un 2025 marcado también por dificultades
Sería un error leer el 2025 únicamente desde los indicadores positivos. El sector turístico peruano también se vio afectado por factores que limitaron su desempeño. Según gremios empresariales del sector, la actividad estuvo impactada por episodios de conflictividad social, problemas de seguridad ciudadana y una percepción de inestabilidad que afectó la decisión de viaje en algunos mercados emisores. A ello se sumaron deficiencias persistentes en conectividad aérea regional y retrasos en infraestructura clave. Según la Contraloría General de la República, varios destinos turísticos continúan operando sin planes actualizados de gestión ni control de capacidad de carga, lo que incrementa el riesgo de saturación y deterioro del patrimonio. Estos factores explican por qué la recuperación avanza, pero lo hace de forma frágil y desigual.
A este contexto se sumó un factor especialmente sensible para la decisión de viaje: la percepción internacional de seguridad. Tanto el Departamento de Estado de Estados Unidos, el Foreign Office del Reino Unido como el Gobierno de Canadá, mantienen a la fecha alertas o recomendaciones de precaución para viajar al Perú, en algunos casos focalizadas en determinadas regiones y asociadas a temas de seguridad ciudadana, conflictividad social y criminalidad. Si bien estas alertas no implican una prohibición de viaje al país en su conjunto, sí inciden directamente en la confianza del turista internacional y en la velocidad de recuperación del destino, especialmente en mercados de larga distancia donde la percepción pesa tanto como la experiencia real.
La trampa de medir solo cantidad y llegadas
El gran riesgo del 2025 es confundir recuperación con éxito estratégico. Medir el desempeño turístico únicamente por el número de visitantes es una lectura incompleta. Indicadores como estadía promedio, gasto real, empleo formal, sostenibilidad del destino y reputación de marca país son igual, o más, relevantes que el volumen de arribos, pues esto puede distraernos de cuestiones estratégicas más profundas como la Conectividad aérea y diversificación de mercados, la sostenibilidad y capacidad del destino y la desestacionalización, es decir, la concentración de llegada de turistas en ciertas temporadas y lugares, como el valle sagrado o Machu Picchu, limita la distribución del beneficio económico y acentúa problemas de saturación.
Un ejemplo claro es España, donde el turismo ya no solo recuperó, sino que superó los niveles prepandemia. Las pernoctaciones hoteleras crecieron por encima de 2019 y los alojamientos alternativos han ganado una participación cada vez mayor en el mercado. Este desempeño es legítimo y, en muchos sentidos, admirable. Pero también funciona como advertencia: el crecimiento sin planificación genera tensiones sociales, presión sobre la vivienda, conflictos con comunidades locales y cuestionamientos al modelo turístico. Crecer sin una gobernanza clara del destino puede erosionar, paradójicamente, el valor que hizo atractivo al lugar en primer lugar.
Del rebote al rumbo
El 2025 confirma que el turismo ya no está en fase de rescate, sino de definición. Las cifras acompañan, pero no garantizan criterio. El verdadero desafío para destinos como el Perú no es volver a los números de 2019, sino decidir conscientemente qué tipo de crecimiento queremos sostener y a qué costo. Porque en turismo, crecer sin estrategia no es progreso: es postergar el problema. Y hoy, más que volumen, el sector necesita liderazgo, visión y decisiones que miren más allá del siguiente reporte estadístico.



























