Por: Augusto Ayesta
¿Es posible que un espectáculo de apenas 13 minutos defina el futuro de una liga multimillonaria y la percepción de toda una comunidad en un país fracturado? Esa fue la pregunta que nos dejó el pasado 8 de febrero en el Levi’s Stadium. Si bien históricamente el halftime show ha sido el pináculo del entretenimiento, lo que vimos hace pocos días fue distinto: bajo la música corría una corriente de tensión política y social que las marcas ya no pueden ignorar.
La confirmación de Bad Bunny como el artista principal, y el primero en encabezar el espectáculo en solitario y completamente en español dentro del género urbano latino, llega en un momento de tensión, con el segundo mandato de Donald Trump intensificando su discurso nacionalista. Esto plantea un caso único: ¿estamos ante una crisis previsible o una muestra de gestión magistral de activos intangibles?
Para entender la magnitud de este evento, no podemos ver a Benito Antonio Martínez Ocasio únicamente como un cantante de éxito. Su evolución lo ha consolidado como un actor político cultural. Aparte de su dominio en los rankings, Bad Bunny ha construido una narrativa de identidad latina. Recordemos que, en momentos de alta tensión, evitó giras por EE. UU. por las redadas de ICE. Al aceptar el Super Bowl, lejos de ceder, llevó su mensaje al corazón del sistema.
Desde la óptica de la reputación, Benito aplica un risk-embracing branding. No busca la aceptación del ecosistema MAGA; sabe que eso es imposible. Más bien, su apuesta es fortalecer la lealtad de los segmentos que lo sostienen. Tanto su estética como su discurso convierten la polarización en un activo que le otorga profundidad simbólica a su marca.
Muchos se preguntan por qué la NFL elegiría a un artista que genera tal división. La respuesta no es la improvisación, sino una visión de largo plazo. Si bien la liga tuvo tropezones históricos con crisis como la de Colin Kaepernick, hoy parece haber entendido que la neutralidad tibia es, a menudo, el camino más rápido hacia la irrelevancia.
Al mantener a Bad Bunny frente a las críticas de la Casa Blanca, la liga envía un mensaje de autonomía. Más que una cuestión de imagen, es una inversión estratégica en el futuro demográfico. Los datos no mienten, ya que el crecimiento del consumo deportivo está íntimamente ligado a la comunidad latina. La liga decidió que el riesgo de irritar a un sector del electorado actual es menor que el riesgo de perder la conexión con los dueños del consumo del mañana.
Por otro lado, la reacción del presidente Trump, calificando el show de terrible, intentó encasillar el espectáculo como un ataque a los valores tradicionales estadounidenses. Sin embargo, en comunicación, esto puede generar un efecto bumerán. Al atacar el show, el mandatario otorgó a Bad Bunny una pátina de héroe cultural ante sus detractores.
A este escenario se sumó el ruido de la desinformación. Desde teorías que vinculaban su Grammy con una agenda oculta hasta el resurgir de narrativas sobre los Illuminati, el vacío de información se llenó de conspiraciones. Pero desde la gestión de reputación, esto funcionó como un espejo, que si bien dañó la imagen del artista en nichos específicos, paradójicamente incrementó su rol de figura contestataria y elevó la conversación espontánea.
Quizás la lección más interesante vino después del show. Lejos de ser un acto impulsivo, el borrado total de la presencia digital de la cuenta de Instagram de Bad Bunny apenas horas después de su actuación fue una jugada maestra de gestión de la atención. Encontrarse con un perfil en blanco generó más conversación que un espectáculo.
Más que una táctica de reset artístico, en este contexto funcionó como un escudo reputacional. Al vaciar sus plataformas, Benito tomó el control del siguiente capítulo, dejando sin munición a quienes pretendían usar sus publicaciones pasadas para atacarlo. Es más, hasta tal punto fue efectiva esta maniobra que ganó casi un millón de seguidores nuevos en 24 horas. Su silencio no se leyó como un gesto deliberado de quien decide cuándo termina el debate.
A menudo surgen conversaciones sobre cuándo es el momento de hablar sobre temas espinosos, y yo creo que en esta transparencia, el silencio se entiende como una declaración de posición, que puede salir cara.
El caso Bad Bunny-NFL-Trump nos enseña que la reputación moderna se construye sobre la autenticidad. La NFL eligió el bando de su futuro demográfico y Bad Bunny eligió el de su identidad cultural. Tan potente es esta dinámica que incluso quienes rechazan a la marca terminan consumiendo el contenido.
La pregunta para los líderes empresariales es: ¿Están sus organizaciones preparadas para defender y visibilizar su propósito en un escenario polarizado? No esperen a que estalle la crisis para diseñar su arquitectura invisible. Porque, como bien sabemos, el wait and see reputacional es el riesgo más caro que ninguna marca se puede permitir.




























