Por: Eduardo Venegas, gerente corporativo de Comunicación y Sostenibilidad de Industrias San Miguel – ISM
En una época saturada de contenidos, el gran desafío de la comunicación corporativa no es tener más cosas que decir, sino tener algo que realmente valga la pena escuchar. La atención es un bien escaso, y la reputación, un activo estratégico, pero vulnerable. Hoy, construir confianza no depende de repetir mensajes, sino de generar conversaciones que trasciendan y se conviertan en aportes reales a la sociedad. Comunicar con impacto es, ante todo, un acto de responsabilidad.
Se trata de abrir espacio para el diálogo, compartir aprendizajes y dar visibilidad a lo que transforma vidas más allá de las cifras. Lo que mueve a las personas, y construye una reputación duradera, es la huella positiva que dejamos en la vida de clientes, comunidades y colaboradores. En comunicación, eso se llama pasar del inventario de acciones a la evidencia de contribuciones. El punto de partida es una pregunta simple: ¿qué dolor real ayudamos a resolver?
Durante años, la narrativa corporativa se sostuvo en la lógica del logro, presentando cifras de crecimiento, premios e iniciativas filantrópicas. Sin embargo, en un contexto de saturación y desconfianza, esos mensajes ya no bastan para generar reputación. Las audiencias son más críticas, más informadas y más escépticas. Quieren saber qué hay detrás de los discursos, cuál es el efecto concreto que se genera en la vida de las personas y qué tan coherente es la empresa con lo que dice. El Digital News Report 2024 de Reuters muestra que el interés por las noticias ha caído del 59 % al 53 % en el Perú. Es un síntoma claro de agotamiento frente a contenidos predecibles, repetitivos y centrados en sí mismos.
Comunicar con impacto es comunicar con sentido. Es pasar del discurso centrado en el “yo” al relato que pone en el centro a las personas, al entorno y a las transformaciones que juntos hacemos posibles. Es comprender que la reputación no nace del reconocimiento externo, sino de la capacidad de contribuir con autenticidad. Una organización comunica eficientemente cuando lo que dice no busca impresionar, sino inspirar; cuando su voz no compite por atención, sino que aporta claridad y propósito en medio del ruido.
Este tipo de comunicación se diseña desde la empatía y la intención. No se trata de enumerar logros, sino de comprender su significado. No busca acumular mensajes, sino construir sentido. La comunicación real tiene una arquitectura propia; observa el entorno, interpreta los cambios, traduce los aprendizajes y los comparte con visión de futuro. Es una narrativa que une lo emocional con lo estratégico, lo institucional con lo humano.
Porque comunicar no es hablar más fuerte, sino dejar una huella más profunda. Y esa huella se forma cuando la comunicación se convierte en una extensión del compromiso; cuando deja de girar alrededor de la empresa y empieza a girar alrededor de la vida, la esperanza y la posibilidad de construir juntos un futuro próspero. Esa es, en esencia, la nueva frontera de la comunicación: aquella que no busca protagonismo, sino propósito; aquella que no se mide en eco, sino en contribución.


























