El cine, como toda manifestación cultural, no puede florecer en el vacío. En el Perú, hemos visto esfuerzos valiosos y apasionados de cineastas que, pese a la ausencia de un sistema de apoyo sostenido, han dado vida a obras que trascienden fronteras. Sin embargo,¿cómo se espera que el espectador valore un cine distinto si nunca ha sido formado para mirarlo?
La formación de un público no ocurre espontáneamente. Es el resultado de políticas culturales coherentes, persistentes y estratégicas. Durante las décadas de los 70 y 80, el cine peruano vivió una experiencia breve pero significativa: una ley promulgada en 1972 estableció la proyección obligatoria de cortometrajes nacionales antes de las grandes producciones comerciales que llenaban las salas.
Este modelo permitió la exhibición de cerca de 1,200 cortometrajes, ofreciendo a los cineastas un espacio de aprendizaje desde la práctica. Autores como Nora de Izcue y Armando Robles Godoy encontraron en el cine una plataforma para explorar desde una mirada propia y marcar hitos en la narrativa audiovisual peruana. Pero lo más importante fue el vínculo que se creó entre el cine y el espectador.
Cada corto proyectado sembró curiosidad, formó hábitos y sensibilizó al público para conocer relatos locales auténticos. Sin esa exposición constante, resulta difícil que un espectador desarrolle gusto por un cine distinto al de las grandes producciones internacionales.
En 1992, la derogación de esta ley eliminó ese espacio ganado por la producción nacional. Con ello, no solo se cerró una puerta para los cineastas emergentes, sino que se rompió el lazo entre el cine peruano y su público. Se perdió así una oportunidad clave para consolidar una industria cinematográfica sólida sostenida. Esta decisión evidenció una falta de sensibilidad cultural, al no comprender que el cine es también una herramienta para narrar, preservar y reimaginar nuestra identidad.
Para que esta industria prospere, no bastan talentos aislados ni esfuerzos temporales. Formar público es un proceso de largo plazo que exige políticas culturales permanentes, educación audiovisual, espacios de encuentro y apoyo continuo a la producción y distribución.
El cine tiene el poder de transformar la manera en que nos vemos como sociedad. Para lograrlo, necesita espectadores que lo valoren y lo hagan suyo. El reto está en manos de quienes hoy pueden cambiar el rumbo. La pregunta sigue abierta: ¿sabremos aprender del pasado para darle al cine peruano el lugar que merece?



























